Llega febrero y vuelvo a la carga con un microrrelato para el concurso del CGAE. Este mes se proponían palabras bonitas y de las que dan mucho juego: biblioteca, olvido, confianza, collar y privilegio. Para el relato que mando bajo mi identidad, en un tono más socarrón y rebelde, había pensado en una escena clásica de novela negra, al estilo de Agatha Christie: una biblioteca, un crimen, una familia aristócrata y un detective descubriendo que el culpable es el abogado de cabecera. Pero después reculé y decidí exculpar al letrado y cargarle el mochuelo a un administrador, premiando al abogado con la resolución del crimen. Además, se me ocurrió un punto de vista singular. A ver si este mes hay algo de suerte con ese jurado de memos:

FIFÍ

El abogado nos reunió en la biblioteca. Se inclinó sobre el cuerpo inerte del abuelo y de su mano crispada y rígida arrancó una perla que exhibió con gesto triunfante:

 —¡Qué olvido tan inoportuno! —exclamó distraídamente haciéndola girar entre sus dedos.

 Mamá se llevó la mano al cuello, palpando su collar, y papá se ajustó la corbata, confirmando la integridad del pasador. Hasta yo me removí inquieta.

 Don Hermenegildo, el administrador, tomó del brazo al letrado:

 —Esto deberíamos tratarlo en privado, con total confianza. La posición de privilegio de la familia así lo aconseja. Hay que evitar un escándalo —le sugirió tendiéndole la mano, invitándolo a entregarle el acusador objeto.

 —Por supuesto —respondió el jurista aprovechando para estrechársela y voltearla, dejando a la vista un gemelo huérfano de la piedra blanca que debería adornarlo.

Unos coches con luces de colores parpadeantes se llevaron a todos y me quedé sola.

Ladrando.

Elvis Christie

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