Al hilo de la coña con la estanquera (Hadep Uta, la estanquera alienígena) y aprovechando la desgana que producen las vacaciones de verano, continué en Facebook con un Spin-Off en tono guasón dedicado al chino del pueblo. La próxima entrada ya será algo serio, palabra.

LAS SIETE PRUEBAS DE CHIN-GAO (un Spin-Off de Hadep Uta)

 21/08/2016

Introducción.

Chin-Gao tiene 30 años y, emigrando con su familia desde su China natal, hace 20 que llegó a España donde abrieron un bazar en una localidad del centro peninsular. Pronto demostró sus muchas cualidades asimilando el nuevo idioma a la perfección e integrándose como un niño más en el colegio y en el barrio. A tanto llegó su integración que, con la mayoría de edad recién adquirida, decidió independizarse abriendo un nuevo y propio bazar en una población cercana a la de su familia pero sin abandonar el domicilio materno, donde dormía, comía y le lavaban la ropa.

Hoy, Chin-Gao tiene nacionalidad española, continúa ganándose la vida con su bazar (“Amanecer Jo-De”) y viviendo con sus padres, y, de no ser por sus rasgos faciales, resultaría imposible distinguirlo de cualquier Sánchez García o Rodríguez Pérez. Pero quiere más. Chin-Gao quiere ser más español que un chocolate con churros y para ello necesita que la S.E.P.I.A. certifique su españolidad.

La S.E.P.I.A. es la “Sociedad de Españoles Puros, Ibéricos o Adoptados” y expide su Carnet de Español Insuperable tan sólo a aquéllos que superen una serie de retos considerados inasequibles para un extranjero y acaso para muchos oriundos.

En los próximos capítulos descubriremos el tesón, esfuerzo e ingenio de Chin-Gao para superar las pruebas y obtener el CEI de la SEPIA.

27/08/2016

Prueba n.º 1.- Aihó, Aihó.

Sábado por la mañana. Chin-Gao recibe en su domicilio un sobre cerrado a su atención con una sola indicación en su exterior: abrir el lunes a las 9:00 horas; no antes ni después. Remite: S.E.P.I.A.

Son las 9:00 horas del lunes y Chin se encuentra en su casa, en calzoncillos, sentado a la mesa de la cocina con el sobre de la S.E.P.I.A. (de color blanco, para despistar) en las manos. Ha tenido que ponerse una alarma con música de Enrique Iglesias para despertarse y dejar el móvil a varios metros para poder levantarse. Sin haberse deshecho aún de las legañas se dispone a abrirlo pero recuerda que no ha desayunado.

—¡Mama, ponme un Cola-Cao! —grita a pleno pulmón mientras comienza a rasgar el sobre. Dentro hay una hoja con el primer reto en clave de enigma:

Comienza la jornada laboral.

Y un español de pro lo lleva fatal.

Un tanto perplejo y todavía adormilado, decide pensar más tarde sobre ello y se pone en marcha. Vuelve a su habitación para vestirse, se sienta en la cama y se recuesta un poco para ponerse los calcetines. Son los mismos que se ha puesto los dos días anteriores, lo cual resulta muy práctico porque han adoptado la forma del pie y encajan perfectamente casi sin esfuerzo. Cuando termina de ponerse el segundo, cierra los ojos, sonríe bobamente y se queda dormido de nuevo.

Dos horas más tarde, su madre (Ahb Ne Gao) lo despierta mientras critica la zorrera que tiene por habitación. Mira la hora y sale disparado a trabajar.

Ya en el trabajo relee la prueba de la S.E.P.I.A., pero una cosa lleva a otra y la palabra “laboral” lo dirige a su gran duda existencial: ¿soy un autónomo por cuenta ajena autoexplotado? Perdido en sus cavilaciones, no advierte la cola de clientes que esperan a ser cobrados y cuando es consciente de ello la mitad comienzan a marcharse. «¡Joder, qué impaciencia!», se lamenta en voz alta.

A las 13:00 horas siente un vacío enorme en el estómago y, con intención de salir a tomar un pincho de tortilla, se apresura a despachar a una cliente que no se decide entre una sartén de 4,49 € y otra de 4,99 €.

—Oye, majo ¿qué diferencia hay entre estas dos sartenes? —dice la señora, señalándolas y hablando despacio para hacerse entender mejor. Chin se acerca cansinamente, se agacha para observar las sartenes y, con cara de dolor, se echa la mano a la espalda. «Hostias, me ha dado lumbago», diagnostica rápidamente.

A las 13:52 horas Chin sale del consultorio médico con un parte de baja por lumbalgia. Se detiene, mira el parte y piensa «a ver, tres días de baja, dos de asuntos propios y el fin de semana hacen siete días sin curro… ¡De puta madre!». Saca el móvil y pone un whatsapp en el grupo de los amigos: «Chabales ke aceis hoy???»

Continuará…

28/08/2016

Prueba n.º 2.- Gloria pura.

Superada con nota la primera prueba -aunque él aún lo ignora-, Chin-Gao recibe a media mañana de un domingo el reto de la segunda, esta vez por Whatsapp, con un críptico texto:

Un español no siente dolor

O pone cara de memo

ante el frío más extremo

ni ante el ardiente calor.

Fdo.: S.E.P.I.A.

«La madre que los parió», piensa sin alcanzar a descifrar el objetivo de la prueba. El verano está en todo lo suyo. Calor sí, para dar y tomar; pero frío sólo hace en la cámara de la tienda donde conserva las bolsas de hielo. «Lo del C.E.I. va a estar más jodido de lo que creía», lamenta.

Entra al bar «Control de Alcoholemia» que hay a la salida del pueblo y le pide un vermú con sifón a Antonio, el dueño.

—¿Qué pasa, Chin, que hoy tampoco abres? —le pregunta socarronamente Antonio, como cada domingo.

—¿Y tú qué? ¿que anoche tampoco follaste? —responde Chin.

—Hala, te has quedado sin aceitunas, por capullo —replica el primero.

—Pues vale, pues pa’ ti. Además, no quiero que se me quite el hambre, que hoy tenemos cocido en casa.

—¡¿COCIDO?! Tú estás loco ¡Pero tío, que estamos a cuarenta grados a la sombra!

—¡Rajao! ¡Con lo rico que está! Con su tocinito… Uhmmm, ya se me está haciendo la boca agua.

A las 3 en punto y después de una placentera «siesta del carnero», Chin se sienta a la mesa relamiéndose de hambre. Su padre, René, y sus hermanos pequeños, Fred y Anne, ya están sudando a mares antes de servirse la sopa. Tras repetir garbanzos y tocino y con un pequeño hilo de sudor corriéndole por la sien, esboza una sonrisa de satisfacción, se masajea con deleite el abdomen y comenta: —No sé si me va a caber el postre, pero ese melón tiene una pinta… Venga, va, una rodajita.

Media hora después, Chin se encuentra tumbado en el sofá del salón sintiendo escalofríos. Le pide a su madre que le acerque una mantita y, tras arroparse, cierra los ojos.

—Mama, despiértame cuando empiece «Cine de Barrio» —susurra y empieza a roncar.

Continuará…

29/08/2016

Prueba n.º 3.- ¡Que se besen!

Es sábado, el verano avanza y Chin está invitado a una boda. Le ha invitado Carlos «el Grasas», compañero del colegio y el mecánico del pueblo. Hace días que recibió de la S.E.P.I.A. el objetivo de la siguiente prueba para obtener el C.E.I. y está convencido de que la ha superado con creces después de la cogorza con la que se acostó la pasada noche tras la celebración de la despedida de soltero de Carlos. Al menos eso cree, porque realmente se acuerda de poco, o nada, de lo que pasó. Se trataba, nuevamente, de un mensaje encriptado y cree recordar que contenía las palabras “borracho” y “mamarracho”. Materia superada a la vista de la resaca que le martillea las sienes y la nuca y la peluca rubia con la que ha despertado. «No vuelvo a beber», ha dicho varias veces.

A las siete de la tarde, algo repuesto, Chin y otros amigotes están en el bar «El Purgatorio», el que está enfrente de la iglesia, tomándose unos tercios a la espera de que salgan los novios ya casados. Cuando llega el momento, Chin y su panda se acercan a la puerta de la iglesia, gritan como energúmenos y descargan cuarenta kilos de arroz basmati sobre los recién casados, incluyendo el envoltorio y los cubiertos de metal que vienen de regalo con cada paquete. El derroche de cereal ha arruinado el traje gris perla de Carlos y dejado para el mercadillo la cola de cinco metros del traje de la novia, que busca con cara de odio mortal a los culpables. Cumplido su papel de buenos amigos, se vuelven al bar hasta la hora del banquete, dos horas después porque los novios tienen que hacerse fotos en el frontón del pueblo, donde han montado unos maravillosos decorados que remedan jardines árabes y puestas de sol en una playa paradisiaca.

Para cuando acuden al restaurante «El Olimpo del marisco», conocido popularmente como «La Ascópolis», Chin ya es incapaz de mantener la verticalidad. Durante el banquete ha contado chistes verdes, se ha puesto la servilleta en la cabeza y ha bebido cava en las Adidas nuevas de Jorge, el pescadero, que no usa calcetines por un problema de papilomas. Por supuesto, ha encabezado la comitiva que vende trozos de los gayumbos del novio entre los invitados.

Llegada la hora del baile, Chin ha supervisado desde la barra el desfile de fauna humana poseída que entraba y salía de la pista, asintiendo tontamente con la cabeza, mientras bebía un ron tras otro hasta llegar el momento cumbre: «Paquito, el chocolatero». En ese momento, ha buscado una corbata entre los asistentes (al final ha tenido que pedírsela al maître), se la ha anudado a la frente y con la espada de cortar la tarta nupcial ha dirigido la coreografía del ¡eh! ¡eh! ¡eh!

Ya amaneciendo, Chin y su tropa -novio incluido-, ebrios como piojos, han desayunado churros con cubata en el bar de la gasolinera.

Continuará…

30/08/2016

Prueba n.º 4.- No me digas na’.

Chin no se ha recuperado bien de la lumbalgia. Mientras estaba de baja tuvo que ayudar a Carlos, su amigo recién casado, a montar unas estanterías en su nueva casa y eso le ha provocado una recaída. A causa de la dolencia no ha pegado ojo en toda la noche después de acostarse a las tres de la madrugada tras recenar media tortilla de patatas con mayonesa y pimientos fritos. La recidiva ha mutado, además, en unos ardores de estómago muy compatibles, según Chin, con alguna úlcera. Ha buscado en internet y se ha diagnosticado un «helicóptero pilili», o algo así.

A las once de la mañana se persona en el centro de salud, coge número y se sienta a esperar. Hay varias personas por delante de él en la sala de espera. Unos abueletes, señoras con niños correteando a los que no se nota demasiado enfermos, un señor con el brazo en cabestrillo y una chica joven muy guapa. Chin saca su teléfono móvil chino («menuda mierda de móvil, a ver si me pillo un iPhone» suele pensar), se coloca los auriculares y pincha un «greatest hits» de Manolo Escobar.

Al poco, Chin siente un contacto en el brazo y se da cuenta de que la señora sentada a su izquierda le está diciendo algo. Se quita un auricular y grita «¡¿QUÉEEEEEE?!».

—Que ¿qué te pasa, joven? —le pregunta la anciana.

—Que me duele la espalda y tengo muchas nauseas —contesta Chin, aún con la voz muy alta.

—¡Ay, hijo! Eso es del ordenador ese. Lo mío sí que es malo. Me duelen una barbaridad las piernas y no cago. Además, en estas fechas siempre me acuerdo de mi Mariano, que Dios lo tenga en su gloria…

—No le hagas caso —interviene otra señora mayor sentada dos asientos más allá de la primera—, que ésta viene a echar la mañana. Yo sí que estoy mal; si no fuera por el «SINTROM»…

—Usted es la vecina de la Trini ¿verdad? —pregunta Chin a la segunda, interrumpiéndola—. Una que es viuda y tiene unas… —gesticula Chin, ahuecando y agitando las manos a la altura de su pecho.

—Sí ¿por qué? —pregunta la interpelada entrecerrando los ojos.

—Porque me debe dos frascos de vaselina que se llevó sin pagar el otro día.

—Huy, la Trini… —dice la primera señora, abanicándose— ¿Para qué querrá eso?

—Desde luego, para engrasar el somier no es, del ruido que hace. Sé de muy buena tinta que el Anselmo le hace ojitos. Y más cosas.

Chin va a decir algo, entusiasmado con la conversación, cuando la chica joven, malencarada, interviene:

—¡A ver, cotillas, que se os va a pasar el turno!

—¡Qué juventud! —exclaman al unísono las dos señoras.

—¡JENNIFER LÓPEZ! —grita en ese momento una enfermera. La guapa joven se levanta, sonríe a Chin, que la mira embelesado, y entra en la consulta.

Cuando sale de su ensimismamiento, Chin cae en la cuenta de que lleva varios días sin recibir instrucciones de la S.E.P.I.A. «Eso va a ser que no me han admitido», piensa, pero en ese momento no le importa. Cuando sale de la consulta no puede dejar de pensar en la Jenni. La encuentra perfecta con esas mallas ajustadas, los tatuajes, los piercings, ese pelo a tres colores y esa voz al dirigirse al médico con un «¡¿Qué passssa, doctor!?», como la peli de la Streisand y el de «Love story», que no se acuerda cómo se llama. Esa voz, medio rasposa medio chillona, lo ha cautivado. «Joder —piensa cayendo en la cuenta—, si se llama como la cantante buenorra y seguro que hasta canta mejor».

Chin tira distraídamente la receta a la papelera. Total, le ha mandado un antiácido y le ha dicho que tiene que hacer algo de ejercicio, dándole el alta.
Pero nada de esto le importa: Chin-Gao Se ha enamorao.

31/08/2016

Prueba n.º 5.- ¡A ras!

Después de muchos días sin noticias de la S.E.P.I.A., Chin recibe un mensaje en su móvil mientras desayuna:

Vas muy bien. Sigue adelante

Acelera y no sueltes el volante.

Emocionado y satisfecho, con su sueño casi al alcance de la mano, Chin decide tomarse el día libre y pasarlo en la piscina. Ha estado a punto y tentado de abrir la tienda, pero ya es viernes y todavía hay mucha gente de vacaciones. No merece la pena.

—¡Mama, me voy a la pisci; échame en la mochila lo que necesito, anda! —grita desde la cocina.

Coge la mochila que le ha preparado su madre («Joder, cómo pesa»), saca el coche del garaje y se pone en marcha. La piscina está a unos kilómetros, pero es la mejor de los alrededores y sabe que allí podrá ver de nuevo a Jennifer. Ha preguntado discretamente a los clientes de la tienda y le han dicho que suele acudir allí.

—Oye, ¿tú conoces a Jennifer López?

—¿A la cantante del “Ain’t your momma”? (aunque suena una especie de “aynnn tu hermana”).

—No, coño. Una chica de aquí, muy guapa…

—¿Rubia o morena?

—Joder, pues no sé, tiene el pelo de colores.

—¡Ah, sí! La Yeni ¿Una que tiene el pelo con los colores de la bandera republicana y un tatuaje que pone ¡Arriba España!? Sí, es mi prima ¿Te gusta? Tú seguro que le gustas a ella porque también lleva tatuajes en chino con mensajes de amor

—Son en japonés, y pone “manual de instrucciones” y “política de protección de datos”. Y te preguntaba sólo por curiosidad, pero… ¿Qué estás haciendo?

—Nada, contando en el Whatsapp de la Peña “El Cristo Bolinga” que te mola la Yeni. ¡Hostias, mejor no sepas lo que están diciendo!

—¡Me cago en tu puta madre, a tomar por culo de aquí!

Nervioso en el coche ante la expectativa de ver a Jennifer, Chin no se da cuenta de que otro vehículo ha frenado de repente delante de él y evita una colisión por los pelos.

—¡¿Qué pasa, tío, que estás gilipollas?! ¿Por qué te paras? —grita furibundo Chin sacando la cabeza por la ventanilla.

El aludido se asoma a su vez por la de su coche y le dirige un gesto con el dedo corazón de su mano izquierda.

—¡Que te den, chino de los cojones! —le dice a voces el otro—. ¿No ves que el semáforo está en ámbar?

—¡A que me bajo y te meto un wasabi! —le responde Chin, esperando que no se note que no tiene ni idea de artes marciales.

—¡A que me bajo yo y te abro los ojos, capullo! Que venís aquí a quitarnos el trabajo y encima os creéis los putos amos.

—¡¿Que yo os quito el trabajo?! ¡Tú no sabes lo que es trabajar, cara polla! —exclama exasperado Chin.

En ese momento hay varios coches tras ellos tocando todos el claxon repetidamente y conminándoles a seguir la marcha. Cargado de razones y rezongando, Chin continúa su viaje consiguiendo relajarse con la imagen de Jennifer en su mente. Sube a tope el disco de Camela que lleva siempre puesto, baja todas las ventanillas del coche y canta a grito pelado «sueño contigo, qué me has dado…»

Continuará…

01/09/2016

Prueba n.º 6.- ¿Estudias o trabajas?

Hace un día de verano fantástico para pasarlo en la piscina. Chin se ha puesto su bañador Meyba y tiene intención de broncearse un poco antes de que -ojalá- llegue Jennifer, si eso. Extiende su toalla de la Caja Rural y se tumba al sol. Su madre le ha echado un bote de protector solar con factor +50, pero Chin quiere ponerse moreno y prescinde de él.

Mientras piensa en las pruebas de la S.E.P.I.A. y en su novia (pues sí, ya la considera como tal), Chin se queda dormido. Cuando despierta dos horas más tarde le arde todo el cuerpo y se mete poco a poco en el agua haciendo aspavientos. Cuando sale se topa de frente con Jennifer, que pasea junto a una amiga cerca del bordillo. Chin está pasmado: o el calor y el retostao le han derretido el cerebro o juraría que la Jenni y su amiga van desnudas. Casi atragantándose consigue dirigirles unas palabras.

—Eh…, hola, Jenni ¿qué tal? —le dice un poco azorado.

—¿Te conozco? —pregunta ella y mira a su amiga, que se ríe disimuladamente tapándose la boca con una mano .

—Sí, tía, el otro día en el médico.

—¡Ah, sí! Es que estás un poco, esto…, colorao. Parece que te has quemado ¿no?

—Que va, tía ¿quemado? ¿No se me ve moreno? Mira qué colorcito más molón.

—Sí, pereces un langostino.

—Ya, y tú pareces un poco… nudista, diría yo.

—No tienes ni idea, tío. Esto es lo último, chaval, y se llama «Nikini». Vale una pasta ¿A que sí, Lore? —dice dando un codazo cómplice a su amiga, que asiente.

—Pues mañana pido unos cuantos para la tienda, ya te digo —afirma Chin.

A Jennifer y a su amiga les entra una risilla floja y empiezan a andar, dejando atrás a Chin.

—¡Eh! Esto… ¿Qué vais a hacer? ¿Puedo ir a sentarme con vosotras? Es que tengo un montón de comida que me ha puesto mi madre. Mira que le digo que me eche sólo lo que necesito… De verdad que…

—Oye, guapo, que no es tu esclava —dice Jennifer poniéndose en jarras delante de él—. Anda, venga, siéntate con nosotras, pero que no te vuelva a oír hablar así de tu madre —le reprende—. Seguro que eres incapaz de hacerte la cama.

—¿La cama? Yo qué sé; cuando llego a casa ya está hecha —contesta Chin con cara inocente— Y tú ¿por qué quieres que yo sepa hacer camas? ¿Eh? ¿Eh? ¿Eh?

—Pues, por ejemplo, para que esté suave cuando te acuestes esta noche, que con la barbacoa que llevas en la espalda…

—¡Bah, esto no es nada! —se pavonea Chin girándose.

En ese momento, Jennifer le atiza una fortísima palmada entre los omóplatos que hace que a Chin se le salten las lágrimas. Pero lucha contra ellas y la mira sonriendo mientras enseña los dientes para no gritar.

Ni mi ha dilido, qui li sipas —le dice con voz chillona.

Pese a todo, las pullas y los altos hornos que lo cubren, Chin no da crédito. Es el día más feliz de su vida. Se sienta con ellas, abre la mochila y vacía su contenido en la toalla: seis bocadillos envueltos en papel de aluminio, tres plátanos, aftersun de litro, champú, morfina, el teléfono, la cartera, las llaves y un peine.

Pasan un hora sentados en las toallas, mirando al frente, a la zona de baño, o al móvil, sin decir nada. De vez en cuando, Chin suelta «pues sí, hombre, pues sí, hace buen día», o «se está a gusto, la verdad», a lo que ellas asienten con algún «uhm» o «pss». Y así va transcurriendo la mañana.

—¡Venga, que os invito a unos botellines! —dice Chin de pronto, levantándose y cogiendo de la mano a Jennifer, que le sonríe, camina con él y no se la suelta, a pesar de que se la está abrasando.

—Yo os espero aquí, si no os importa —se disculpa la amiga de Jennifer.

—Vale, vigila las cosas entonces y no te comas todos los bocatas —le contesta Chin volviendo la cabeza y riéndose el solo de su propio chiste mientras aquélla le mira con cara de asco—. Un poco sosa tu amiga ¿no? —le comenta a Jennifer cuando se han alejado un poco.

—¡Que gracioso eres, tío! —estalla ésta en carcajadas, dándole otro pescozón en el mismo sitio de antes.

Esta vez Chin no puede reprimir las lágrimas.

—Sí, joder, mira cómo lloro de risa. Me descojono.

«A su manera, pero me quiere», piensa Chin consolándose.

Continuará…

02/09/2016

Prueba n.º 7.- Yo soy español, español, español.

Las cosas no pueden irle mejor a Chin Gao: se ha echado novia y encima le ayuda con la tienda. Sólo ha tenido que explicarle cuatro cosas sobre el funcionamiento del bazar y ya es Jennifer quien se encarga de abrirlo a primera hora de la mañana y atender a los clientes hasta que Chin llega a medio día. Si sigue así lo mismo la contrata y da de alta en la Seguridad Social.

Enamorado como se encuentra, ni siquiera ha prestado atención últimamente a su evolución en las pruebas de la S.E.P.I.A. Sólo mira el Whatsapp cuando pone que es de «La Jenni» y no lee el correo electrónico. No obstante, sabe que le vigilan y que, en un momento u otro, le comunicarán el resultado.

Mientras espera en el bar a que Jennifer cierre la tienda y se reúna con él, discute de fútbol y política con los parroquianos.

—Zidane no tiene ni puta idea, tendría que haber sacado un 4-4-3. Además, el árbitro era del Barça; claro que de esto la culpa la tiene el gobierno. Menuda mierda. Ellos forrándose, los futbolistas y los políticos -los dos-, y nosotros currando como cabrones. Ponme otra, Antonio.

Cuando Jennifer llega al bar, Chin la agarra por la cintura, la besa y se despide:

—Bueno, chavales, hasta otra, que éste tiene trabajo —dice en alto mientras azota suavemente a su novia un poco por debajo de la cadera y por encima de las piernas, y salen del bar. Montan en el «COCHINO», el coche de Chin, en cuyo parabrisas trasero ha puesto un adhesivo en el que se lee «Cuidado con el chino, que muerde» y otro en el delantero con la frase «La Jenni me llena», ponen los éxitos de Camela a todo volumen y arrancan haciendo rugir el motor.

Después de pasar un buen rato en el asiento trasero del coche jugando a los chinos (que en China es otra cosa) y vestirse, Chin se enciende un Ducados mientras Jennifer curiosea en el móvil de aquél.

—¡¡¡¿¿¿QUÉÉÉÉÉ???!!! ¿Quién es Charo? ¿Eh? ¿QUIÉN ES ESA ZORRA? —grita de repente Jennifer.

—¡¿Ein?! A ver … No sé, tía, será spam.

—Ya, y una leche. Aquí pone que está muy satisfecha con no sé qué tuyo y que la complaces ¡Dime ahora mismo quién es esa guarra de Charo! A ver qué más pone, que te vas a enterar:

«Enhorabuena, Sr. Gao. Estamos muy satisfechos con su rendimiento y hemos quedado sumamente impresionados. Nos complace comunicarle que ha sido Ud. admitido en la S.E.P.I.A. y próximamente le remitiremos su C.E.I.»

Atentamente,

C. Haro

            Presidente.

—¡Ayyyyyy, cariño! ¡Enhorabuena! Si es que eres un sol … naciente —Dice Jennifer comiéndoselo a besos—. Pero yo creo que deberías cambiarte el nombre, que eso de Chin suena muy poco español. ¿Qué te parece … esto … Cole? Se lo puso mi tía a un primo mío por una serie de televisión, Falcon Crest o algo así.

—¿“Col” Gao? Mola. Suena bien.

FIN

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