Vuelve enero y el concurso de microrrelatos del Consejo General de la Abogacía Española. Me rearmo, procuro echar mano de la experiencia adquirida en los últimos meses y me lanzo a romper el maleficio. En esta ocasión abandono el tono rebelde, aunque no del todo, presentando a un juez tatuado reconciliado con su padre mayor. Las palabras obligadas, por cierto, han sido: cesta, tatutaje, caducidad, puñetas y decepción. Y, como en otras ocasiones, he mandado un segundo relato con otra cuenta en el tono buenista que sé que es del gusto del jurado. ¿Acabaré con la maldición?

EL TIEMPO EN LA PIEL

«¡Qué decepción!». Aquellas palabras de mi padre mirándome los brazos resuenan en mis oídos cuando pulso el timbre de su casa. Como cada viernes, lo encuentro ya preparado, ataviado con su mejor traje y la cesta de la ropa sucia en la mano. Antes de irnos al juzgado le reviso la nevera, tirando lo que excede la fecha de caducidad, y me apunto lo que necesita.

Sentado en el estrado me acomodo la camisa y las puñetas, ocultando los tatuajes. Indico al agente judicial que ya puede hacer pasar a las partes y, tras ello, exclama: «¡Audiencia pública!». Entonces entra mi padre, el viejo magistrado, y se sienta entre el público. Me guiña un ojo y doy inicio a la sesión.

No recuerdo cuándo cambió nuestra relación; cuándo su incomprensión tornó orgullo y mi rebeldía, admiración creciente. Como los dibujos sobre mi piel. Como las arrugas sobre la suya.

Elvis Christie

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