El texto original (Salvación) lo escribí en el verano de 2016 para el blog de Galiana y ésta lo publicó el día de Año Nuevo, en 2017. Un par de días después el taller de Literautas planteó escribir un relato de un máximo de 750 palabras que comenzase por la frase «Se giró al escuchar el grito…» y recordé que «Salvación» era un relato con el que me había quedado satisfecho de forma prematura, casi sin revisarlo; así que vi la oportunidad para ello. El reto parecía la eliminación de más de la mitad de las palabras, pero no fue tan difícil. No tanto como reconocer que le sobraban frases y párrafos enteros y varios de los que quedaban eran mejorables. En fin, sigo aprendiendo.

ÁNGEL SALVADOR

 Se giró al escuchar el grito y vio a unos adolescentes con gorros de Papá Noel lanzándose espuma, pero siguió adelante sumido en su desolación. En otra época, que ahora parecía lejana y perteneciente a otra persona, él también había disfrutado en Navidad; pero fue en la última cuando Mercedes lo había dejado. «Lo siento, no es culpa tuya, bla-bla-bla». Creía haberlo superado, pero la soledad e impotencia que sintió ante aquel abandono se habían acumulado hoy, multiplicándose, cuando había escuchado de su jefe otro «lo siento, no es culpa tuya, Domingo, pero los recortes…»

Llegó hasta la plaza Mayor y se paró delante del Nacimiento. También en otra época había sido creyente, pero esta Nochebuena ya no creía en nada; y menos que en cualquier cosa, en sí mismo. Dejó atrás la plaza y se encaminó hacia las afueras, buscando la quietud y el silencio. Comenzó a cruzar el puente y se detuvo a mitad del mismo. Allí el viento arreciaba y el frío calaba más hondo, pero Domingo se encontraba aislado en una burbuja donde no penetraban el frío ni los cánticos. Se acercó a la barandilla y miró abajo, a las negras aguas del río que sólo le devolvían el trémulo reflejo plateado de alguna farola. Su voluntad se iba vaciando de todo deseo de vivir mientras se llenaba del impulso de saltar.

Por un momento pensó en Carmen, pero la apartó de su mente. Demasiado reciente. Quizá en otras circunstancias…

—¡Feliz Navidad! —Oyó Domingo, y se detuvo cuando ya estaba incorporado sobre la barandilla. Posó los pies en el suelo y vio a una chiquilla que lo contemplaba sonriente.

—Hola —respondió esquivando su mirada.

—No puede ser todo tan malo —dijo la chica posando una mano sobre su brazo.

—¿Quién eres? —gruñó él.

—Soy… —No entendió su nombre, eclipsado por la explosión de un cohete, pero creyó escuchar algo así como «Navidad». «Lo que me faltaba, alucinaciones», se dijo con amargura.

—¿Acaso crees haberlo perdido todo? ¿No existe nada más? —insistió ella—.

—¡Qué sabrás tú! —Se defendió Domingo.

—Dímelo entonces.

—¿Qué te parece mi mujer y mi trabajo, eh?

Como leyéndole el pensamiento, aquella chica comenzó a hablarle de lo especial que él era, de la insignificancia de lo que creía haber perdido. «Mira a tu alrededor y piensa para quién y para qué más puedes ser valioso». Domingo se había apartado inconscientemente de la barandilla. Le contó acerca de Carmen y de sus ilusiones, de cuando quería ser ingeniero.

—¿Ves? —lo animó ella, sonriendo—. ¿Vas a dejar pasar la oportunidad? Venga, no me digas que la intriga no hace que quieras seguir hasta el final.

La chica se acercó a Domingo, se elevó sobre sus punteras y lo besó en la mejilla.

—Me tengo que ir, que hace mucho frío —dijo mientras se giraba y comenzaba a alejarse—. Y tú deberías hacer lo mismo.

—¡Perdona! —alzó él la voz cuando la tuvo a cierta distancia—. Antes no entendí tu nombre.

Ella contestó, pero unos petardos impidieron que Domingo lo oyese bien. Algo como «Navidad» otra vez.

«Mi anónimo y precioso ángel salvador», susurró para sí.

– – – oO0Oo – – –

Meses después Domingo sujeta la mano de Carmen cuando ésta da un último empujón profiriendo un corto grito gutural.

—Es una niña —anuncia la doctora y pone una diminuta y temblorosa criatura sobre el pecho de Carmen.

Domingo mira arrobado a su hija y Carmen la alza un poco, reconociéndole silenciosamente su parte en esa obra de los dos. Él nunca le ha contado su flaqueza de la pasada Navidad, aunque sospecha que ella intuyó algo: aquellos abrazos por las noches… Pero ya es agua pasada. Tiene delante el presente y el futuro.

—Es maravillosa —dice Domingo—.

—Sí —reconoce Carmen—. Me gustaría llamarla como mi abuela: Natividad.

Algo se revuelve dentro de Domingo y siente un escalofrío. El timbre de la voz de Carmen y su sonrisa al pronunciar ese nombre…

—¿Cuándo te quedaste embarazada? —la interroga.

Ella se queda pasmada. «¿No estará pensando que yo…?», se pregunta. Pero no. La expresión de Domingo no es acusadora. ¿Asustada quizás?

—¿Eres tonto? Echa cuentas: la primera vez que lo hicimos, días antes de Navidad. ¿Ya no te acuerdas?

Sí, claro que se acuerda. Y también recuerda a una chica cuyo nombre no pudo oír, silenciado por el ruido de su propio interior.

Domingo se inclina y besa a su hija en la frente mientras acaricia la cabeza de Carmen.

—Natividad: mi precioso ángel salvador.

Elvis Christie

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