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HORA DE MATAR (última parte)

Miércoles 2 de noviembre, 14:48 horas.

—Joder, Fonseca ¿tú no comes, o qué? —protestó el agente Gerardo Sánchez cuando lo vio entrar en la sala de ordenadores de Criminalística—. Son casi las tres y me tengo que largar.

—Es muy importante, Sánchez, de verdad. Necesito ver otra vez la grabación de la cámara —le pidió el inspector con gesto suplicante.

—Vale, vale, por ser tú. Espera, que te doy acceso —dijo Sánchez—. Ya está. Lo tienes en el puesto tres, y ya sabes…

—Sí, sí, descuida. Cierro y apago. Gracias —murmuró Isidro Fonseca apresurándose a ocupar el puesto que le había indicado.

Miércoles 2 de noviembre, 17:35 horas.

El inspector se encontraba absorto en el visionado de la grabación, hablando consigo mismo («es increíble que nadie se haya dado cuenta»), cuando sonó su teléfono móvil, sobresaltándolo. Era la agente Marta Castaño.

—Jefe, los de la operadora acaban de mandar el listado de llamadas. Bermúdez y yo le hemos echado un vistazo y hay algo muy raro que no tiene sentido: la señora Cuadrado hizo una llamada que duró casi tres cuartos de hora. Y ahora agárrese: llamó cuando el marido estaba con ella y terminó después de él haberse ido —le informó la agente.

Fonseca sonrió.

—Tranquila, Marta. Sí tiene sentido, y mucho. Mandadme el listado al fax de criminalística, por favor, y averigua todo lo que puedas de esa llamada: con quién habló y de qué.

—Ya estoy con ello —afirmó la agente.

—Perfecto. Hablamos después —dijo para colgar el inspector, en cuya cabeza empezaba a definirse la película del crimen.

Algo después salía de la Comisaría. Le ardían los ojos y le dolía la espalda, pero había merecido la pena. Tenía algo: una cara. Sin nombre aún, pero para eso estaba la agente Castaño. Confiaba en que antes de terminar el día le facilitase una identidad y un lugar donde practicar una detención.

Jueves 3 de noviembre, 09:25 horas.

Fonseca entró al despacho del comisario Salinas acompañado de la agente Castaño y dejó con suavidad sobre su mesa una fotografía ampliada y algo granulosa, en blanco y negro, en la que se distinguía la cara de un varón de raza blanca, de cabello oscuro y corte tradicional, con raya a un lado, y rasgos normales aunque reconocibles.

—Se llama Andrés Campos Madrigal —dijo sin preámbulos el inspector, informando con voz pausada y gesto satisfecho—. Es, o era, un proveedor de la víctima según nos ha confirmado la empleada de su tienda y creemos… bueno, sabemos —subrayó— que se trata del autor del homicidio. Cantó por soleares nada más lo detuvimos anoche en su domicilio. Estamos esperando que venga un abogado a asistirlo y mantenga la declaración.

—Magnífico, Isidro —afirmó el comisario, arrellanándose en su sillón giratorio—. Y ahora, si eres tan amable, ilústrame sobre las circunstancias de esta novedad, ya que ayer no te dignaste tenerme al tanto pese a que te lo había pedido.

—Perdone, señor comisario, pero surgió todo muy rápido y ya se había ido. En cualquier caso, fue gracias a usted.

—Déjate de excusas y de hacerme la pelota, y empieza —se impacientó el comisario.

—Fue eso que dijo del cambio de hora ¿recuerda? —procedió a relatar el inspector—. Se me quedó en la cabeza, pero sin ser consciente de ello hasta que a última hora de la mañana volví a oírselo a otra persona, y entonces caí: la cámara de seguridad que grabó al marido entrando en el edificio es bastante antigua por lo que sospeché que no estaría adaptada para ajustar la hora automáticamente. Y si tenemos en cuenta que el personal encargado es funcionario del Ayuntamiento y que era domingo, lo más probable sería que hasta el lunes, como pronto, no modificasen la hora.

El comisario empezaba a vislumbrar las consecuencias de este detalle.

—Y ¿entonces? —apremió al inspector.

—Entonces hablé con el responsable y me lo confirmó: la hora de esa cámara se ajustó a mano a media mañana del lunes, cuando ya la policía local nos había entregado la cinta con la grabación y sin que nadie cayese en la cuenta del cambio horario. —El inspector Fonseca disfrutaba viendo cómo iba cambiando la expresión de su jefe, de escéptica a expectante—. Así pues, volví a revisar la grabación y, en efecto, el reloj de la cámara indica que el marido entró al edificio a las 17:49 y lo abandonó a las 18:45; pero hay que atrasar una hora, por lo que en realidad llegó a las 16:49 y se fue a las 17:45. —Se quedó mirando al comisario, aplazando a propósito el efecto final—. ¡Se había ido más de una hora antes de que la víctima llamase al 091, que fue a las 18:57!

—¡No me lo puedo creer! —estalló el comisario Salinas ante el giro que habían dado los acontecimientos—. Y este Andrés Campos… ¿de dónde sale? —preguntó señalando la foto sobre su mesa.

—Bueno, no nos habíamos molestado en ver la cinta más allá del punto en que el investigado salía del edificio. Ya sabe, al coincidir en apariencia las horas… —reconoció el inspector—. De haberlo hecho habríamos visto que una media hora después, a las 19:25 horas según la cámara (las 18:25 reales), entraba al edificio el nuevo sospechoso; y que poco después, a las 19:54 horas de la cámara, se marchaba. Es decir, a las 18:54 horas reales que…

—¡Que son tres minutos antes de que la señora Cuadrado llamase al 091! —concluyó el comisario finalizando la frase.

—Exacto —ratificó el inspector Fonseca.

Jueves 3 de noviembre, 9:59 horas

—¡Joder! —exclamó con un suspiro el comisario, comprendiendo lo cerca que habían estado de cerrar desastrosamente la investigación y mirando con admiración a su subordinado—. Buen trabajo, inspector —lo felicitó, animándole a conjeturar una hipótesis sobre lo sucedido.

—Gracias, señor, pero buena parte del mérito hay que atribuírsela a la agente Castaño, sin hacer de menos a Bermúdez, por supuesto. —El inspector miró a su compañera y el comisario la recompensó con un gesto de reconocimiento—. En cuanto al cómo de los hechos, hemos podido rellenar los huecos gracias a la confesión del culpable y al testimonio de una prima de la víctima, con la que ésta había estado hablando por teléfono justo antes de morir. ¿Te importa explicarlo tú, Marta? —le pidió el inspector a la agente, que se incorporó en su asiento.

—Claro —contestó la aludida—. Como ya sabe, el teléfono móvil había quedado inutilizado a consecuencia de la sangre, que lo empapó por completo. Pero ayer la operadora nos mandó un listado de las llamadas. Pues bien, enseguida nos llamó la atención una bastante larga hecha por la víctima, y no por lo prolongada sino por la hora: se inició a las 18:11 y terminó a las 18:49, es decir, cuando el marido ya se había ido según la hora de la cámara de seguridad. El teléfono al que había llamado la señora Cuadrado pertenece a una tal Marina, prima suya.

La agente Castaño se tomó un respiro y el comisario, que la escuchaba con pasmada atención, la empujó a continuar con un gesto de la mano.

—Me tenéis en ascuas. Sigue.

—Bien —prosiguió la agente—, me puse al habla con la prima, que no sabía nada de lo que le había pasado a la señora Cuadrado, y después de serenarse me contó que entre ellas había existido desde pequeñas una intimidad y confianza más allá de las propias del parentesco. La familia cercana no nos había mencionado nada sobre esta prima porque desconocían la relación entre ellas, parece que por alguna enemistad antigua entre los tíos. En fin, la víctima la había llamado poco después de haber estado con el marido para hablarle de su crisis matrimonial, ya que llevaban bastante tiempo sin hablar entre ellas. Ya puede imaginarse ese tipo de charla entre amigas. Pero lo importante —añadió la agente haciendo una pequeña y dramática pausa— es que le dijo que en el fondo no quería divorciarse del marido, que creía que seguía enamorada de él, aunque en las últimas semanas había iniciado una especie de romance con un proveedor de la tienda al que pensaba dejar de inmediato. Por lo demás, según la prima la llamada se cortó en mitad de la conversación y supuso que se habría quedado sin batería.

—¿Me equivoco si adivino que el sospechoso escuchó esta conversación? —aventuró intrigado el comisario.

—Pues no. Acierta de pleno —respondió el inspector Fonseca, reemplazando a su compañera en el relato— Él mismo nos confesó que fue a visitar a la señora Cuadrado y se encontró la puerta abierta. Imaginamos que debió ser el marido al irse un rato antes. Al entrar la oyó hablando en la cocina, pero se quedó fuera escuchando sin que ella se percatase y sufrió un ataque de celos cuando oyó que seguía enamorada del marido y a él iba a dejarlo. Así que entró a la cocina hecho una furia, la vio de espaldas y cogió un cuchillo; se acercó desde detrás sujetándola, al tiempo que cortaba la llamada y le asestaba las dos puñaladas amenazando con matar después al marido. Para terminar limpió sus huellas del cuchillo y, cuando creyó que estaba muerta, se fue. Sin embargo, no lo estaba y aún tuvo fuerzas para llamarnos, aunque la batería del teléfono falleció antes que ella, si me permite un poco de humor negro.

—No tiene gracia, que lo sepas —le reprendió el comisario, acompañado por una mirada asesina de la agente Castaño—. Pero debo felicitaros de nuevo, caramba.

—Muchas gracias —musitaron al unísono el inspector y la agente—. Por la confianza —añadió, además, el inspector Fonseca.

El comisario asintió y posó su mano sobre el brazo del inspector.

—No hay de qué, Isidro. Pero permíteme decirte que con el instinto que tienes para la investigación de los hechos, tu olfato para calar a las personas es pésimo. A pesar de la endeblez de tus argumentos iniciales, confié en ti. En cambio, sé que tú me consideras una especie de dinosaurio acomodado. No, no te excuses ni lo niegues —dijo el comisario Salinas ante el gesto avergonzado del inspector—. Si quieres llegar a ser comisario más te vale ir aprendiendo a conocer a la gente.

FIN

Elvis Christie

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