En el mes de julio de 2016, aproximadamente, me encontré con un concurso de relatos cortos organizado por el Ayuntamiento de Sevilla. La temática era libre y la extensión máxima de 12 folios (word, arial, tamaño 12). Presenté el siguiente relato (sin premio a la postre… algún día sonará la flauta), el cual dividí en tres partes para publicarlo como colaboración en el blog de Galiana, y asimismo lo publico aquí, con enlaces a las otras partes en el pie.

HORA DE MATAR (parte 1 de 3)

Lunes 31 de octubre, 13:36 horas.

El abogado Enrique Grande llegó a la comisaría y anunció al agente que lo recibió que quería entrevistarse con su cliente detenido. Se adivinaba una inminente tormenta sobre la ciudad de Toledo y no llegó a entender la respuesta del policía, ahogada por un repentino y estremecedor trueno. Fue conducido al cuarto de entrevistas y allí encontró a Esteban Cruz, abatido y apagando un cigarrillo en un cenicero rebosante de colillas.

—Yo no tengo nada que ver con esto, Quique —dijo el detenido a su abogado mirándolo implorante a los ojos. No dejaba de cabecear con un repetitivo gesto de negación e incredulidad—. Tienes que creerme y sacarme de aquí.

Se conocían desde hacía años y al abogado le costaba dar crédito a la acusación. Además, el cliente parecía sincero. Le temblaban las manos y se encontraba demacrado, pálido y despeinado después de pasar la noche en los calabozos sin haber podido dormir. La cruda luz del cuartucho acentuaba su deplorable aspecto, muy alejado de su impecable imagen habitual. Resultaba difícil reconocer en él al atractivo arquitecto que en su día fuera portada de revistas.

La policía lo había detenido de madrugada en su estudio acusándolo de haber matado a su esposa en su domicilio.

—Esteban, no importa lo que yo crea, pero tienes que ser totalmente honesto conmigo —le recomendó el letrado—. Sólo sé lo poco que me ha contado la policía: que Sandra apareció ayer muerta en vuestra casa después de haber llamado al 091 diciendo que la habías apuñalado y que hay una grabación de una cámara de la calle en la que se te ve entrando y saliendo del edificio. No te voy a engañar: el asunto tiene mala pinta.

Era una de las situaciones más frustrantes para un abogado: el secreto del sumario. Sin acceso al atestado policial, Enrique poco más podía hacer que confiar en la versión de su cliente, y éste no hacía otra cosa que negar los hechos a pesar de los indicios en su contra.

—Te juro por Dios que te estoy diciendo la verdad —insistió con vehemencia el detenido—. Sí, ayer volví al piso después de comer para hablar de lo nuestro. Ni siquiera discutimos; de hecho, por primera vez dejamos de hacernos reproches y hablamos como adultos. Incluso quedamos en llamarte hoy para que te hicieras cargo del divorcio de forma amistosa. Eso fue todo: conversamos, nos tomamos un café y me fui directo al estudio, de donde ya no salí.

—De acuerdo, te creo —lo tranquilizó el abogado—, así que escúchame: ahora vas a acogerte a tu derecho a no declarar. No pasa nada, es algo muy habitual. Después te van a trasladar a los calabozos de los juzgados a la espera de que te tome declaración el juez, y éste decidirá si quedas en libertad condicional o te manda a prisión provisional. Voy a hacer cuanto pueda, pero no te prometo nada.

Algo más tarde Enrique abandonaba la comisaría cuando se encontró con «Fonsi», su antiguo compañero de facultad Isidro Fonseca, ahora inspector de policía recién trasladado desde Sevilla. Daba la casualidad de que era el encargado del caso, quien le había llamado esa mañana para comunicarle la detención de Esteban y le había facilitado la poca información que tenía.

—Hola, Quique —lo saludó el inspector—. ¿Cómo ha ido todo?

—Pss, en realidad no ha ido —contestó Enrique—. Niega la mayor y he preferido que no declare. Ya veremos después con el juez. ¿Qué más puedes decirme? —le preguntó discretamente.

—Poco. Ya sabes cómo va esto; todavía estamos pendientes de varias diligencias, pero tu cliente lo tiene mal, la verdad.

—Ya. Gracias, amigo. Me voy al Juzgado —se despidió alicaído el abogado.

Lunes 31 de octubre, 19:18 horas.

—Lo siento, Esteban, el juez va a dictar auto de prisión provisional —le anunció apesadumbrado Enrique a su cliente, que a duras penas contenía las lágrimas—. La policía aún no ha cerrado la investigación y el juez quiere evitar que se destruyan otras pruebas que puedan aparecer. Créeme que voy a hacer todo lo que esté en mi mano para que te pongan en libertad cuanto antes.

A pesar de lo avanzado del día y de la lluvia que llevaba varias horas cayendo, en el exterior del juzgado se congregaba un considerable número de personas, entre manifestantes y medios de comunicación. Los primeros proclamaban consignas contra el detenido y contra la violencia de género; los segundos esperaban capturar alguna imagen y comentarios de los protagonistas. En una ciudad pequeña como Toledo, un suceso de esa naturaleza, con personajes conocidos implicados en él, era la noticia con mayúsculas, aunque este tipo de crímenes con tintes machistas fueran noticia en todo el país con demasiada frecuencia.

El abogado esquivó a unos, ignorándolos, y se deshizo de los otros con las evasivas habituales: «nada que declarar», «sin comentarios».

Martes 1 de noviembre, 11:02 horas

El inspector Isidro Fonseca tenía treinta y siete años y dirigía la primera investigación de importancia desde que había sido trasladado a Toledo dos meses antes. Su meticulosidad, tesón y preparación teórica, con licenciatura en derecho incluida, le habían permitido acceder al cargo a una edad muy temprana. Y esas mismas cualidades, unidas a su intuición y desconfianza innatas, le habían granjeado fama de sabueso en Sevilla, donde había trabajado los últimos ocho años. Su meta estaba puesta en un cargo de comisario y aspiraba a conseguirlo en este último destino, ahora que las responsabilidades familiares de su fracasado matrimonio, roto y terminado un año antes, no suponían un freno para ello.

El caso de la muerte de Sandra Cuadrado se presentaba sencillo, con los hechos en apariencia muy claros, y Fonseca se resistía a mostrarse suspicaz respecto del mismo: no sería buen comienzo ante sus compañeros y superiores plantear dudas y poner pegas a un asunto que podía estar cerrado en pocos días. Sin embargo, la exculpación del sospechoso le parecía veraz y sincera. Fonseca se fiaba de su instinto y éste le decía que el homicidio no estaba tan esclarecido como parecía, de modo que no pensaba ceder al archivo fácil. Necesitaba revisar el expediente en detalle, aunque debía obrar con cautela.

Había reunido en su despacho a los dos agentes asignados a la investigación para una puesta al corriente. Era día festivo, pero la trascendencia y publicidad del caso lo obligaban a no perder tiempo.

—A ver, por orden; veamos si podemos acabar pronto con esto —señaló—. Empecemos con la víctima. ¿Marta?

—Se trata de Alejandra Cuadrado López —comenzó Marta Castaño, una joven y perspicaz agente a quien había encargado la investigación de las personas implicadas y relacionadas con el crimen—. Cuarenta y dos años, un metro y sesenta y cuatro centímetros de estatura, casada desde hace veinte con el investigado, Esteban Cruz Lombardo. Vivían en un dúplex de su propiedad en el número nueve de la calle Atenas. Un único hijo, Fernando, que estudia en Londres, al cual se avisó ayer y llegará a lo largo del día. Era dueña de una tienda de ropa en el Centro Comercial «Luz del Tajo». Al parecer, el matrimonio empezó a hacer aguas hace unos meses y el marido se había ido de casa a un estudio que tiene en el casco histórico. No nos constan incidentes o denuncias por malos tratos.

»En cuanto al sospechoso, poco que añadir que no sea del dominio público: cuarenta y siete años, un metro setenta y cinco, arquitecto de renombre y sin antecedentes.

—Vale, vamos a los hechos —continuó el inspector—. Bermúdez, la cronología.

El oficial Francisco «Paco» Bermúdez era el encargado de toda la parte técnica de la investigación.

—De acuerdo —dijo el interpelado consultando sus notas—. La víctima llamó con su teléfono móvil al 091 a las 18:57 horas de anteayer, domingo treinta de octubre, desde su domicilio. Literalmente dijo «me ha apuñalado mi marido»; después la llamada se corta al quedarse el teléfono sin batería. El marido había llegado al domicilio una hora antes, sobre las seis de la tarde, y se marchó minutos antes de la llamada. Para ser más preciso, la cámara de seguridad de la calle recoge su entrada por el portal del edificio a las 17:49 y la salida a las 18:45. Las grabaciones de la llamada y de la cámara las tiene Sánchez en Criminalística.

—¿Ya se ha analizado el teléfono móvil desde el que llamó? —lo interrumpió Fonseca.

—Están en ello, inspector —aclaró el agente Bermúdez—. La batería estaba agotada, de eso no hay duda, pero no se ha podido acceder al contenido. Parece que la sangre de la víctima le fastidió algo de la placa y está frito. En todo caso, hemos pedido a la operadora que nos remita el listado de llamadas.

—Bien, sigue. ¿Qué hay del forense?

—Dos heridas incisas en el abdomen causadas con arma blanca (un cuchillo de veinte centímetros), una de las cuales le perforó el bazo. Ambas heridas siguen un curso descendente muy pronunciado de derecha a izquierda —prosiguió el oficial—. La víctima fue encontrada ya sin vida a las 20:04 horas, cuando la operadora nos facilitó su identidad como titular de la línea. Estaba caída sobre el lado derecho en el suelo de la cocina aún sujetando el teléfono. Se estima la hora de la muerte poco después de la llamada: entre las siete y las siete y poco de la tarde.

Conforme escuchaba los informes de los agentes, el inspector Fonseca iba reproduciendo en su mente el posible escenario y los actores como si se tratase de una película. Aún le faltaban muchos datos para completarlo y continuó sin pausa dirigiéndose a Bermúdez.

—¿Huellas?

—Dactiloscopia no ha terminado aún, pero las de la víctima y el marido están por todas partes. Sin embargo, el cuchillo está limpio; aparte de la sangre, claro.

—Gracias, Paco. Por último, los testigos —pidió Fonseca a la agente Castaño.

—Nada destacable, inspector —le respondió aquélla negando con la cabeza—. Los vecinos sólo mencionan las discusiones y voces que habían escuchado semanas atrás, pero no oyeron nada el domingo por la tarde. La familia de la fallecida (dos hermanos que viven en Madrid y su madre, interna en una residencia a pocos kilómetros de aquí) está hundida e indignada, como puede imaginar, pero no ofrecen información de valor aparte de lo típico: episodios aislados de hace siglos en que él levantó la voz o se puso violento con el cuñado, y cosas así. Estoy localizando amigos y conocidos, pero no creo que vayamos a sacar mucho de ahí; ni tampoco del hijo, me temo, teniendo en cuenta que lleva casi dos años viviendo en Londres y sólo viene unos días para Navidad.

—De acuerdo, esto es todo por el momento. Podéis iros a casa, pero id concluyendo los informes con las diligencias que falten y pasado mañana, si no hay novedades, nos reuniremos de nuevo para informar al comisario y remitir al juzgado las conclusiones —terminó el inspector, levantándose de la mesa.

Elvis Christie

(Continúa: Ir a la Parte 2 de 3)

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