Tras la colaboración con mi amiga Galiana en su blog Galiana y Cía el pasado mes de agosto, me pidió una nueva tanda de relatos para la última semana del año y, claro, accedí entusiasmado. Me puse teclado a la obra y saqué siete, el primero de los cuales terminé descartando en favor de otro nuevo.

Aquí publico el relato descartado, inicado sobre una idea que me gustaba mucho (una familia de soñadores premonitorios) pero cuyo resultado me pareció muy flojo.

CUATRO LUNAS

Luna I

Como cada tarde, Serafín volvía caminando con su padre después de faenar en el campo. Se hallaba exhausto y sus pequeñas manos ya exhibían los cortes y durezas de la vida campesina. Esa jornada, al menos, habían contado con el jumento que les había cedido el tío Pedro para tirar de los aperos.

—Padre, ¿no cree que una máquina, como esas locomotoras de las que hablan, podría arrastrar los arados con más fuerza y rapidez? Así podrían cultivarse todas estas siembras sin esfuerzo y en mucho menos tiempo —comentó ensimismado.

—Ay, Serafín, siempre soñando —le dijo su padre revolviéndole el cabello—. Me conformaría con una máquina que nos llevase a casa el agua del manantial cuando se seca el pozo en verano. Anda, apurémonos, que hay que devolver la mula a tu tío y regresar a casa antes de que se nos eche encima la noche.

Luna II

El traqueteo de la carreta y el último sol de la tarde sobre la cara lo adormecían. Un suave codazo de su padre lo sacó de sus ensoñaciones:

—Despabila, Eusebio, que ya tenemos la ciudad a la vista —canturreó Serafín azuzando las riendas—. ¿Qué soñabas esta vez?

—Nada —contestó el hijo desperezándose y aprovechando para desempañar las gafas—. Bueno, sí, con carretas más rápidas, que no necesiten de animales, y caminos llanos y firmes donde no atasquen. Para poder hacer en un sólo día estos viajes y no se nos estropeen las hortalizas y la fruta y podamos estar en casa para la cena y…

—Ja, ja, ja —rió el padre—. Puede ser. ¿Quién sabe?

Luna III

Gregorio había regresado cabizbajo y con una expresión huraña en el rostro. Arrojó el paquete de libros y cuadernos sobre una silla y se sentó en otra, observando a su madre trajinar en la cocina.

—¿Qué ha pasado, Grego? —le preguntó aquélla, mirándole de soslayo—. ¿Otra reprimenda de don Antonio? ¿O has vuelto a reñir con los demás niños porque se meten contigo por las gafas?

—Bah, no. Me da igual que esos… esos mendrugos me llamen «cuatro ojos» o «luna». Es sólo que ya he leído varias veces estos libros —respondió con desánimo, señalándolos— y el maestro dice que no disponemos de más y que para estudiar otras cosas debo ir a la capital.

—Hijo —comenzó a decir la madre, compungida—, ya sabes que con lo que nos dejó tu padre no puedo…

—Lo sé, madre, lo sé —la interrumpió Gregorio—. La huerta y la tienda dan para nosotros y poco más. Llevo yo las cuentas, ¿recuerdas? Pero no puedo evitar imaginarme una escuela más grande con los alumnos separados por edades, con todos los libros del mundo para que pudiéramos leerlos y estudiar desde casa…

—Me recuerdas a la familia de tu padre. ¡Cómo sois los Antúnez! —dijo la madre mientras le ponía un plato de sopa delante—. ¿Sabías que lo de «luna» no es por las gafas? —Gregorio se la quedó mirando de forma interrogante—. No. A tu abuelo Eusebio y, por lo que me contó tu padre, a tu bisabuelo Serafín también los llamaban así porque se quedaban embelesados soñando e imaginando cosas, como si estuvieran en la Luna. Anda, cena y no te preocupes, que a mí me gusta como eres. Y creo que a la hija de Fermín, el herrero, también —comentó su madre con un guiño.

Luna IV

—Veamos… —La profesora dirigió una mirada a su clase, recorriéndola en círculo. Algunos alumnos se escondían detrás de las pantallas de sus consolas. Eran aún tan pequeños que no se los veía. Se encontró con los ojos de su estudiante preferida, la más pequeña de todos—. Ariadna Antúnez: te ha tocado. Léenos tu trabajo.

Ari ejecutó unos comandos en su terminal y una imagen holográfica suya apareció en el centro del aula. Emitió un carraspeo que fue perfectamente audible para todos y se puso en pie.

—Mi trabajo trata sobre el futuro y los sueños —comenzó tímidamente, parpadeando de forma refleja para enfocar las intralentes en el texto que tenía delante—. Cuando somos niños soñamos muchas cosas. Algunas nos parecen malas y nos asustan, y otras no las entendemos. Lo demás niños a veces se ríen de nosotros y los mayores nos tranquilizan diciéndonos que sólo son sueños, así que terminamos olvidándolos y dejando de pensar en ellos. Pero a mí me gusta soñar y pensar en mis sueños, sobre todo cuando imagino el futuro que me gustaría conocer. —La pequeña hizo una pausa y su holograma pareció mirar a los ojos a cada uno de sus compañeros—. En mi sueño favorito la gente no muere en guerras, porque no las hay; las ciudades están limpias y las personas se tratan con amabilidad, trabajando cada una en lo que le gusta, pero no por dinero. El dinero no existe porque todos tenemos lo que necesitamos; porque en el mundo hay de todo para todos. Sólo trabajamos para que no deje de haberlo. Esto hace que nadie necesite tener nada en propiedad ni quitar a otros lo que poseen. La gente vive feliz y tranquila muchos años. En ese futuro todos soñamos y hablamos de nuestros sueños.

FIN

Elvis Christie

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