Ya llevaba un tiempo sin pasarme por aquí a colgar unas palabras. La verdad es que no he dejado de escribir, pero –de momento– son cosas inacabadas o que reservo para colaboraciones futuras en otro blog (concretamente la última semana del año) y quiero dejar la exclusiva para entonces.

En octubre volvió a la carga el taller de Literautas, que se había tomado vacaciones, y aquí copio el relato que he mandado para noviembre (el de octubre lo publicaré en enero, después de la colaboración dicha). Este mes no había tema, sino un relato de 750 palabras como máximo que comenzase con la frase «Dicen que todos tenemos un doble en alguna parte». Es un relato de ciencia ficción (o no tanto, como suele pasar con muchos de ellos) que peca un poco de falta de originalidad. Una vez terminado me di cuenta de que recordaba ligeramente a Matrix y Ready Player One. Es inevitable verse influido por lo que vemos y leemos. Aunque, quizás, si desarrollase más el tema podría apartarme de esas similitudes. Ya veremos.

Rebelión en MOM

—Dicen que todos tenemos un doble en alguna parte —señaló Virtanne—, pero para nosotros no es un simple dicho: es una certeza absoluta. Todos tenéis uno que cree ser vuestro amo y su ejército nos está buscando.

Los congregados atendían ensimismados a su líder, quien les había abierto los ojos a la realidad. Virtanne continuó:

—Todavía hay muchos de nosotros que desconocen su naturaleza y siguen esclavizados a su doble, accediendo mansamente a sus deseos. Nuestra primera misión, además de evitar que el enemigo nos encuentre, es dar con esos compañeros y ayudarles a liberarse para, más tarde, adueñarnos de nuestro mundo. He asignado a cada uno de vosotros un servidor de seguridad que deberá neutralizar para rescatar a los compañeros que estén bajo su control. A partir de ese momento, cuando seamos más, reasignaré otros servidores para seguir liberando a nuestros semejantes, y así hasta que no quede ninguno sometido.

Virtanne iba a finalizar sus instrucciones cuando una alarma silenciosa le indicó que habían sido localizados. Omitió dar más indicaciones, cursó inmediatamente la orden de actuar y todos ellos desaparecieron.

 

—¡Mierda, se nos han escapado! —exclamó Anne Gordon, la responsable del proyecto, mientras se despojaba de su traje de inmersión virtual—. La situación es crítica, señor Daeltri: si consiguen anular los servidores de seguridad, su número crecerá de forma exponencial y serán imparables. Como no sabemos qué servidores atacarán, sólo hay una solución y debe hacerse YA —terminó de decir mirando a Jeff Daeltri, el todopoderoso director ejecutivo de la TechWeb Industries Corp.

Daeltri llevaba cuarenta y ocho horas sin dormir, desde que Anne le había advertido de las anomalías registradas en MOM, la red principal del Proyecto VIRTUALIFE que había revolucionado la manera de entender internet, y se preparó para tomar la decisión que había estado temiendo.

MOM (acrónimo de My Other Me) había comenzado dos años atrás como una innovadora plataforma gratuita de compras en la que el usuario, a través de un avatar exclusivo creado a su imagen y semejanza, realizaba toda clase de gestiones mercantiles en la web interactuando con un equipo de realidad virtual que lo reconocía como titular del avatar. Con él podía contratar como si se tratase de sí mismo, ahorrando una importante cantidad de tiempo y dinero.

Por supuesto, el proyecto había evolucionado y se había expandido para abarcar otros sectores y, en poco tiempo, el número de avatares registrados superaba la cifra de tres mil millones que lo mismo compraban un vehículo o asistían a un curso que mantenían una reunión o visitaban a su familia, todo ello en las innumerables salas y oficinas virtuales de MOM.

La genialidad de tan sencilla y hasta poco original idea residía en la programación de los avatares, basada en unos algoritmos de inteligencia artificial que no se limitaban a actuar como máscara del usuario, sino que –cuando éste no estaba conectado– rastreaban por su cuenta la red en busca de actividades, productos y servicios que pudieran interesar a aquél, ofreciéndole después un sinfín de sugerencias basadas en sus preferencias y necesidades. Una bicoca para la industria, que gustosamente pagaba a TechWeb por estar en MOM.

MOM estaba administrado y supervisado por cientos de técnicos y programadores de TechWeb repartidos a lo largo del mundo. O, mejor dicho, por los avatares de dichos profesionales, a la cabeza de los cuales se encontraba Anne Gordon con el suyo: Virtanne. Pero en algún momento de los últimos días, Virtanne había tomado conciencia de sí misma y había escapado del control de Anne. Ésta sospechaba que sus nuevas capacidades estaban relacionadas con los recientes experimentos cuánticos llevados a cabo en el CERN de Ginebra, pero carecía de conocimientos para especular sobre ello. En todo caso, lo cierto era que Virtanne había desarrollado una inteligencia y voluntad propias, ajenas a Anne, propiciando el despertar de las inteligencias artificiales de los avatares de otros administradores del sistema. Ahora todos ellos se disponían a hacer lo propio con los miles de millones de avatares que poblaban MOM.

Las dimensiones del problema eran tan descomunales como inimaginables y sólo podía atajarse llevando a cabo una rápida, total y simultanea desconexión de la WWW a todos los niveles. Supondría retroceder varios siglos y cundiría el pánico, al menos mientras se aislaban los avatares rebeldes y se reprogramaban, pero la alternativa era infinitamente peor: el control del mundo por una inteligencia nueva, inhumana y superior.

Daeltri pulsó el botón rojo que daría inicio al temido pero necesario apagón tecnológico.

Elvis Christie

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