Como decía en la entrada inmediatamente anterior, para el concurso mensual de microrrelatos del CGAE me creé una segunda cuenta en la que emplear un estilo más blandito, más en línea con el buenismo que les gusta a los excelsos miembros del jurado que seleccionan los relatos que pasan a concursar. Y no sólo empleo un estilo más ligero, sino que me olvido de la técnica (lo cual, a lo mejor, debería apuntármelo) y escribo a vuelapluma, sin prácticamente revisar lo escrito, mandándolo en caliente.

Este mes de septiembre (con palabras obligadas como “tarifa”, “pueblo”, “poder”, “electrónico” y “especia”) he mandado el siguiente y ha sido seleccionado para concursar. Juzguen ustedes:

LA CIUDAD NO ES PARA MÍ

Internet llega a mi pueblo a duras penas, como si no le apeteciese, y para colmo la tarifa es desproporcionadamente alta. Además, para poder llegar puntual a los juicios tengo que madrugar como un panadero y hacer kilómetros por carreteras que dan lástima.

Pero me resisto a trasladarme a la ciudad por muchas ventajas que ofrezca. No necesito el ruido, la contaminación ni los miles de potenciales clientes con sus complejos conflictos urbanos. Me bastan los problemas de mis vecinos, un par de aparatos electrónicos y mi moto para vivir y disfrutar del trabajo.

Y no hay nada comparable con pasear a diario, tras salir del despacho, respirando aire limpio, a lo sumo aromatizado con las especias de las comidas que se cocinan en las casas, y conversando despreocupadamente con la gente sobre cualquier cosa menos los asuntos que les llevo.

Me quedo aquí. Soy abogado rural y soy feliz.

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