Estoy en la lista negra del jurado del CGAE (Consejo General de la Abogacía Española) que selecciona los microrrelatos que entran a concurso; ya no tengo duda alguna. Y, además, creo saber el motivo: están infectados de buenismo. El abogado que se retrata en los micros debe ser un exponente de las virtudes del abogado ideal: comprometido, sagaz, altruista, y ajeno a las pasiones humanas; porque el abogado sobre el que quieren leer no es humano ni de este mundo. Por tanto, esos relatos con abogados de carne y hueso que luchan por llegar a fin de mes (y, claro, necesitan dinero para ello), que pelean con sus propios clientes, que tienen un mal día de vez en cuando y hasta reniegan de la profesión en los momentos peores, esos no. Esos van a la nevera de cabeza.

Este mes (septiembre de 2016) había que contar con ciento cincuenta palabras una historia de abogados empleando obligatoriamente “tarifa”, “pueblo”, “electrónico”, “poder” y “especia”. Concurrí con el micro titulado «El precio del saber» y, por supuesto, fui tachado.

No obstante, concurso paralelamente con una segunda cuenta (es real, a nombre de mi mujer) y la aprovecho para lanzar un segundo relato más en la línea buenista del jurado. Y sí, por lo general paso el corte. Además me he rebelado aprovechando que ya somos muchos los concursantes que empezamos a estar hartos de las listas negra. Hay un foro para comentar los relatos y proclamar los seleccionados y he lanzado un envite: he animado a los no seleccionados a que publiquemos en ese foro los relatos que nos rechazan. A ver qué tal funciona la “resistencia”.

Vamos con el relato, por cierto.

EL PRECIO DEL SABER

Se presentó improvisadamente y entró en el despacho sin molestarse en llamar a la puerta, impregnando el aire de un intenso perfume que recordaba a alguna especia y hacía llorar los ojos. Tras un breve saludo fue directa al grano:

—Me parece carísima su tarifa. No voy a poder pagarle.

El abogado consultó el expediente electrónico en su ordenador: sanción, recurso y resolución estimatoria.

—Discúlpeme, pero fue el precio acordado y el resultado deseado. Le he conseguido el archivo de una multa de muchos miles de euros.

—Ya, pero… ¡por tres míseros folios! En mi pueblo hay gestorías que me habrían cobrado bastante menos.

—¿Esas que se excusaron porque apenas disponía de plazo? —cuestionó él con sorna—. Permítame aclararle algo: los folios son gratis; los conocimientos y años de estudio y experiencia plasmados en ellos, no.

Sin añadir más, la cliente abrió su bolso y sacó el talonario.

Elvis Christie

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