Cuarto relato de la serie de siete publicada en el blog GalianayCía el 25 de agosto de 2016 y el único de ellos que no se encontraba inédito a la fecha, ya que lo tenía preparado para participar en el taller de Literautas.com del mes de julio. Para esta participación, el relato debía comenzar por la frase «el anciano encontró la llave en…» y estaba limitado a 750 palabras. Con las prisas del taller, había pasado por alto algunos fallos (reiteraciones, sobre todo), pero pude corregirlos para la publicación en el blog.

GENTE EQUIVOCADA

El anciano encontró la llave en un hueco natural de la piedra que conformaba la jamba del portalón de su casa. «¡Qué extraño!», murmuró para sí. No recordaba haberla dejado allí.

—¡Qué extraño! —repitió en voz alta mirando la llave por todos sus costados.

Siempre solía dejarla en el mismo lugar, dentro del buzón de correos que estaba adosado a la fachada (como en todas las casas de su calle), de donde la extraía a través de la ranura inferior con sus finos dedos. Es más, por lo que podía recordar, desconocía la existencia de aquel hueco. Últimamente su memoria había ido a peor y a ello se debía que expresase sus pensamientos en voz alta; notaba que así las ideas quedaban mejor arraigadas en sus recuerdos.

Tras abrir la puerta, accedió al zaguán sintiendo ya una sensación incómoda, de ajenidad. Avanzó renqueante por el pasillo mirando perplejo unos cuadros que no recordaba. «Maldita memoria» iba a exclamar al entrar en la estancia principal, pero las palabras murieron en sus labios al ver la disposición del mobiliario. Aquello ya no podía ser una cuestión de memoria. Sencillamente, no era su casa.

—¡No me lo puedo creer, me he metido donde el vecino! —casi gritó, manifestando de viva voz su contrariedad.

Concediéndose cierta indulgencia («¡qué le vamos a hacer!», mascullaba), se giró para abandonar el lugar y se dio de bruces con un individuo que en ese momento entraba en la sala. ¿Sería el vecino? El anciano no recordaba en ese momento su nombre ni era capaz de ponerle cara. Atolondrado y asustado, iba a farfullar una excusa cuando algo en la expresión del desconocido le hizo quedarse callado. Aunque los rasgos le resultaban familiares, en ese rostro había hostilidad y violencia contenida. Nada propio de un vecino de siempre y menos por un error tan tonto como equivocarse de puerta. Al fin y al cabo, se conocían de toda la vida, creía.

—¿Tú qué coño haces aquí, eh? —Le gritó en la cara el intruso -aunque, a decir verdad, el intruso era él-.

—Yo, yo… yo me he equivocado. Perdón, ya me voy.

—No vas a ir a ningún lado, viejo —contestó el recién llegado interponiendo su cuerpo entre Fermín -que así se llamaba el anciano- y el vano de la puerta, impidiéndole la salida.

Al tiempo y desde otra habitación entraba en la sala un segundo sujeto cargando en sus brazos una voluminosa caja de cartón.

—¡¿Pero qué …?! —Arrancó a hablar el último sin terminar la frase, interrogando silenciosamente a su compañero con un levantamiento sucesivo de la barbilla y los hombros a la vez que dirigía la mirada hacia Fermín.

—Ya me encargo yo —contestó huraño el primer desconocido tomando del codo a Fermín y arrastrándolo hacia afuera. Antes de llegar a la puerta principal, Fermín se dirigió suplicante a su acompañante:

—Mire, le pido disculpas. Creo… Creo que me he equivocado de puerta al entrar. Me falla bastante la memoria, ¿sabe usted?, y no era mi intención molestarle. Pero ya me voy. No, no… no he tocado nada, se lo juro.

El desconocido se lo quedó mirando a los ojos durante unos instantes con una expresión indefinida, como valorándolo y, exhalando un suspiro, lo empujó a la calle mientras componía forzadamente un gesto casi amable.

—De acuerdo, de acuerdo. No pasa nada. Ale, váyase usted, que ya es tarde y aquí no ha pasado nada.

El desconocido volvió al interior cabizbajo y pensativo. Entró en la sala, donde su compañero se afanaba en llenar la caja con cuantos objetos de valor iba encontrando, y lo miró cariacontecido.

—Ya está —se limitó a decir.

—¿Qué has hecho con él? —Lo interrogó el otro sin dejar de rebuscar en cajones y muebles.

—Nada. Lo he dejado ir.

—¡¿Qué?! ¿Estás gilipollas o qué te pasa? ¿Y si nos denuncia?

—Y ¿qué mierdas querías que hiciera? ¡Es mi padre, coño! —se revolvió, descompuesto—. Pero tranquilo —añadió con pesar—, ni siquiera me ha reconocido y mañana no recordará nada. Tiene Alzheimer.

Elvis Christie

Anuncios