Siguiendo con el concurso de microrrelatos organizado por el CGAE, acabo de enviar el que sigue, para el cual se nos pedía que el relato contuviese los términos «refugiado», «alambrada», «abogado», «campo» y «mar» en un máximo, como siempre, de ciento cincuenta palabras.

Ante la previsión de que muchos de los relatos que participen traten acerca del drama de los refugiados (no me cuesta imaginarlos cruzando mar y campo, saltando alambradas y, finalmente, siendo defendidos por algún abogado comprometido) y olvidándome de mi habitual tono directo y relativamente superficial, he optado por dar un giro intimista al de este mes. La primera imagen que me sugirieron las palabras obligadas fue la del refugio de unos brazos y comencé el relato dando voz a un niño que habla de su madre, abogada.

Sin embargo, ya tras las primeras líneas aparqué esa idea y quedo cuajada la del abogado en la madurez que añora y proyecta el recuerdo de su madre, también letrada. Después de haberle dado la primera forma al relato me vino a la cabeza una imagen real, la de doña Carmen, la cual realmente existe y, por fortuna, vive. La conozco personalmente, así como a sus hijos (huelga decir que son abogados) y ha sido un placer meterme en el pellejo de cualquiera de ellos aunque haya debido «matarla» para dar dramatismo a la escena.

IN MEMORIAM (UNA TOGA PROTECTORA)

Recuerdo cuán seguro me sentía de niño refugiado entre sus brazos. Con la mejilla acostada contra su pecho oía el latido de su corazón, rítmico y pausado como las olas de un mar quieto, tranquilizándome. Arrebujado en su chaqueta percibía su olor familiar, su aroma a campo, que me transportaba. Con la cabeza bajo sus manos, cálidas y frescas al mismo tiempo, mis pesadillas se desvanecían filtrándose entre sus dedos dejándome una paz serena y reconfortante.

Para los demás era doña Carmen; la sensata, la capaz, la abogada. Para mí era ante todo mi madre, un pequeño castillo inexpugnable cercado de alambradas hacia el mundo exterior, mullido y acogedor en su interior.

He seguido sus pasos y, aunque ya no está, continúo invocando el mantra de su memoria cada vez que visto la toga que de ella heredé. Ahí permanece aún su fragancia, su arrullo, proporcionándome seguridad cuando la necesito.

P.D.: Finalmente, el relato no fue seleccionado. Los que sí lo fueron trataban el tema que resultaba obvio. Cosas de un jurado fanático de lo políticamente correcto, supongo. Pues nada, pagaremos gustosos el precio de la rebeldía.

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