Continuación de la historia de la Luna (Eclipse de Tierra I) que comencé en abril de 2016 en el taller de Literautas (“Móntame una escena…”). En esta edición había que montar una escena que incluyese las palabras “teatro” y “arena”. En fin:

ECLIPSE DE TIERRA (II)

Miles de millones de ojos atónitos contemplaron en directo el magnicidio en algún dispositivo audiovisual. Pero Jarvis Deloi lo había observado en seis dispositivos, desde seis distintos puntos de vista; no en vano estaba a cargo de la vigilancia de los sistemas de suministro vital (SSV) de la biocúpula de ese distrito de Lunamoon y ese día, dada su trascendencia, llevaba a cabo su trabajo desde el punto de control ubicado en los sótanos del Parlamento Lunar.

Su primera reacción había sido de incredulidad y estupefacción, pero inmediatamente se despertaron sus instintos de antiguo Efectivo de Seguridad Lunar (ESL) y actuó de forma prácticamente automática. Consciente de la importancia de los SSV en esas circunstancias y de que no disponía de tiempo, puso en marcha el Protocolo de Transferencia de Control y derivó éste a un consola portátil de última generación (la única que existía con esa finalidad) con la que se escabulló en busca de un escondite seguro.

El Parlamento Lunar se había erigido sobre la estructura de un teatro de las primeras décadas de la colonización y estaba plagado de túneles, pasadizos y compartimentos ocultos, muy útiles para los actores y, sobre todo, para los espectáculos de magia que tan populares fueron en aquellos tiempos. Al construirse el Parlamento, aquellas antiguas entrañas se habían sellado y la información sobre las mismas se había borrado de todas las bases de datos y redes; pero Jarvis, en su condición de Autoridad de SSV, tenía tanto el conocimiento como el acceso a ellas. Y sabía adónde debía dirigirse: la Arena.

La Arena era un habitáculo de 5 metros cuadrados ubicado exactamente debajo de lo que ahora era la tribuna de oradores y se había utilizado para los trucos de desapariciones. Jarvis había tardado escasos 3 minutos en llegar a él, accediendo a través de conductos y pasadizos, y había bloqueado completamente su entrada. Estaba atestado de material electrónico e informático y habría sido perfecto si hubiera tenido menos de cincuenta años de antigüedad. Era un museo, aunque prácticamente nadie conocía su existencia por lo que Jarvis sabía.

No obstante, no se llamaba a engaño. Los asaltantes debían haber advertido ya el bloqueo del control de los SSV y su transferencia a alguna consola portátil, y habría comenzado su caza. Pero por el momento se sentía a salvo en la Arena.

Después de establecer prioridades comenzó por la primera de ellas: análisis de situación. Las transmisiones audiovisuales de las cámaras se habían detenido inmediatamente después de la ejecución del Presidente Hernández, pero los SSV contaban, además, con un circuito independiente de imagen. Era un sistema antiguo, que funcionaba mediante fibra óptica, y transmitía a una frecuencia de tan sólo 24 fps debido a las limitaciones de aquellos primeros tiempos en la Luna, pero servía a sus propósitos. No podía ser interceptado sin acceder al cableado y éste era en su totalidad subterráneo. Y, lo más importante, las diminutas cámaras estaban ingeniosamente camufladas siendo prácticamente invisibles.

Activando la visualización hológrafa de conjunto, Jarvis contabilizó doscientos asaltantes repartidos por todo el edificio y el exterior. Especuló con que los ESL habían sido neutralizados mediante algún tipo de emisión sonora dirigido a sus equipos de intercomunicación: habían caído fulminados de forma simultánea e instantánea. No tenía acceso a los sistemas biorreguladores de sus trajes, pero sospechaba que seguían con vida, aunque inconscientes. Una parte de los intrusos mantenía bajo control a los dignatarios en los estrados del Parlamento; otros habían agrupado a los ESL en una zona acotada del exterior y los vigilaban. El resto deambulaban en patrullas de tres por las dependencias del edificio. Buscándole, dedujo.

La visión holográfica total del Parlamento y sus alrededores le permitió reconocer ciertas pautas de interacción y dio con el lugar que supuso era el centro de mando terrorista. Ajustó los controles para dirigir su atención a esa sala y distinguió a cuatro personas, todas ellas inclinadas sobre un panel de instrumentos y una pantalla. No disponía de sonido y no podía escuchar lo que allí se decía, pero parecía girar en torno a lo que la pantalla reproducía: una imagen del espacio, estrellas y cuerpos celestes que parecían aproximarse para después desaparecer hasta finalmente quedar fija en algún planeta de fisonomía desconocida para Jarvis. Y una palabra en grandes caracteres: «EDEM».

—¿Qué demonios es «EDEM»? —se preguntó.

Sin pausa, pasó a su siguiente prioridad: contacto. Debía establecer comunicación con el exterior y sabía cómo hacerlo, pero su mente volvía a aquella palabra que le resultaba familiar: «EDEM»

Elvis Christie

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