En abril de 2016 descubrí la web “Literautas”. En ella, todos los meses se abre una especie de taller de escritura para publicar relatos (más bien micros) de un máximo de 750 palabras sobre la base de un tema o palabras propuestas. Se llama “móntame una escena…” y su finalidad es que después, una vez publicados los relatos a mediados de mes, entre los participantes nos hagamos críticas constructivas mutuas. Ese mes se proponía montar una escena en la Luna y, como reto adicional y optativo, había que citar un sombrero de copa.

Era mi primera participación en ese taller y aún estaba cogiéndole el puntito a esto de los microrrelatos, pero no me amilané y me lancé con un relato futurista. Como curiosidad, entre las críticas que me hicieron, uno al que le gustó me arrojó el guante de darle continuidad a la historia. Por supuesto, recogí el guante y el mes siguiente añadí un capítulo de continuación en mayo (Ir a la Parte II) ¿Seré capaz de aguantar el tirón en meses suciesivos?

Vamos con el relato:

ECLIPSE DE TIERRA (I)

Por fin había llegado el día y Abraham Hernández se encontraba preparado para el momento mas importante de su vida y, probablemente, de la de todos los selenitas: el Acta Fundacional de la Luna como estado independiente de la Tierra, asociado en pie de igualdad al resto de estados y federaciones terrestres con reconocimiento explícito de sus singularidades.

Habían pasado más de ciento veinte años desde que la Luna fuera colonizada por el ser humano y a lo largo de ese tiempo el satélite había sido protagonista involuntario de incontables guerras, todas ellas libradas en el suelo de la Madre Tierra. Desde la primeras disputas por la explotación de la moondrita hasta las más recientes por el establecimiento de estaciones de atraque y espera para las expediciones espaciales, la vida de los selenitas -o lunmoonitas, como preferían ser llamados en su particular idioma, creado con una curiosa mezcla de inglés, chino y ruso- había discurrido, en cambio, por cauces pacíficos. Era la ventaja que les otorgaba la distancia. Sin embargo, la vida era dura en Lunamoon. Si en los primeros tiempos el principal problema fue la necesaria importación de tecnología y alimentos, una vez superado éste con fábricas y granjas autóctonas sobrevino el no menos importante de la cada vez más abundante población (nativa e inmigrada) que, unido al pago de tributos a las organizaciones nacionales terrícolas y la esquilmación llevada a cabo por las corporaciones mineras, reclamaba unos recursos que el satélite producía a duras penas.

Pero un hombre, un nativo, tuvo el altruismo, el carisma y la decisión y visión suficientes para, primero, alzarse como gobernante y representante del casi millón de lunmoonitas que poblaban la Luna cuando lo eligieron siete años terrestres atrás; y, segundo, para haber sabido negociar con los representantes de los gobiernos terrícolas un aceptable Acta de Independencia. Abraham Hernández era ese hombre y faltaba menos de una hora para el momento culminante de todo ese proceso y de su vida. Esa tarde se celebraba en el Parlamento Lunar una reunión excepcional del Congreso Mundial donde se daría lectura a la Constitución de la Luna y Abraham, como máxima autoridad anfitriona, pronunciaría el discurso inaugural y leería el primero de sus artículos: «Lunamoon se constituye en una nación libre que, integrada en la Confederación Mundial de Estados Democráticos, proclama como valores superiores de su ordenamiento la libertad, la igualdad, la justicia y el pluralismo social y político».

Abraham aprovechó los últimos minutos que le quedaban antes de acudir a la Sala de Recepciones (a un acto protocolario donde se limitaría a dar apretones de manos a los dignatarios presentes) para repasar sus notas del discurso y, sobre todo, de las respuestas que había preparado para las preguntas que pudieran hacerle en la posterior rueda de prensa. Cuando consideró que era el momento de salir se observó brevemente en el espejo de su despacho y, como tantas otras veces, sonrió divertido ante la imagen que aquél le devolvía, ataviado con el traje ceremonial típico de los cargos políticos lunmoonitas, cuyo elemento más característico era el sombrero de copa con el que se cubría en recuerdo de la primera obra teatral que se representó en la Luna por los colonos en el antiguo teatro que hoy era el edificio del Parlamento Lunar.

Aproximadamente una hora más tarde Abraham Hernández se encontraba de pie ante el estrado de oradores con quinientos pares de silenciosos y expectantes ojos fijos en él (y otros diez mil millones que se presumían ante consolas y dispositivos audiovisuales) y comenzó su discurso:

—Excelentísimos señores y señoras presidentes y representantes de las naciones de la Confederación Mundial de Estados Democráticos —comenzó diciendo en su lengua materna que, por convención popular, se había convertido en una suerte de idioma común, conocido por la práctica totalidad de la Humanidad. Hizo una pequeña pausa y continuó: —Ciudadanos y ciudadanas de todo lugar de la Tierra, la Luna o cualquiera de las Colonias habitadas de…

No pudo continuar. En ese momento apareció en su frente, un centímetro por debajo de la línea que dibujaba el ala frontal del sombrero de copa, un círculo oscuro del que inmediatamente comenzó a brotar sangre y su cuerpo de desplomó hacia delante, rebotando en el atril y cayendo al suelo donde quedó inmóvil. Ni siquiera dio tiempo a que cundiera el pánico pues por las puertas del inmenso hemiciclo que era el Parlamento Lunar comenzaron a entrar en tromba incontables individuos armados que mantuvieron en sus estrados a los presentes.

Elvis Christie

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