En abril de 2016 y con los consejos de una compañera de Barcelona (gracias mil, Lou) rematé el siguiente relato. Tampoco sirvió entonces y volvió a quedarse en el banquillo. Había preparado otro («Mola» lo titulé), pero al final me decidí por este:

TRIUNFOS CON SABOR A HIEL

Sé que el cliente es culpable. La Audiencia lo va a desestimar, pero debo intentarlo; no puedo defraudar el intercambio de confianza que fundamenta nuestra relación. Tengo en contra casi todo (testigos, pruebas periciales y el atestado de la Guardia Civil), por lo que anticipo la tremenda paliza que me daré trabajando el recurso en balde; pero si prosperase constituiría un gran éxito en mi carrera profesional.

No obstante, sería un triunfo cosechado a costa de la impunidad de un grave delito y me cuesta mucho lidiar con el dilema moral. El sabor agridulce de tales victorias me dura demasiado en el paladar y en la memoria se me graban indeleblemente las miradas, entre desconsoladas y furibundas, de los familiares de la víctima.

Así que sigo adelante porque soy responsable de mi trabajo, no de los actos de los demás. Defiendo la justicia, pero no soy la Justicia. Soy abogado.

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