Este es un microrrelato que había preparado para el concurso de abril de 2016 del CGAE pero dejé en el cajón, enviando otro (“Triunfos con sabor a hiel”). No envié “Mola” porque meses atrás ya había resultado ganador en el concurso un relato de temática parecida, y probablemente fue un error, a la vista de lo bien que funcionan en ese concurso los relatos de abogados donde participan niños e hijos. Por cierto, la anécdota es real.

MOLA

Iba con mis hijos en el coche cuando me sonó el teléfono por el manos libres. Era una cliente del turno de violencia de género que había tenido un encuentro con su ex pareja a pesar de la orden de alejamiento:

—¿Qué hago? ¿Lo denuncio a la Guardia Civil o se va a ir otra vez de rositas con total impunidad? me preguntó muy nerviosa ¡Ha vuelto a amenazar con darme una paliza y hay testigos! —añadió.

‒Sí, denúnciale y mándame una copia para el Juzgado le dije. Esta vez no lo van a desestimar.

Después de un breve intercambio de frases y de conseguir tranquilizarla con algunos consejos, corté la llamada y, tras un pequeño silencio, mi hija de 12 años me preguntó, como en muchas otras ocasiones, si me gustaba ser abogado. Pero esta vez, sin darme tiempo a contestar, dijo: Pues mola; es como tener un superpoder.

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