En octubre de 2015 descubrí un concurso de microrrelatos en la página del Consejo General de la Abogacía. La temática es sobre dicha profesión, en general, y el relato debía incluir cinco palabras clave propuestas por los organizadores, sin que sobrepasase las ciento cincuenta palabras. Sin saber muy bien qué se esperaba de los relatos participantes e inconsciente de lo poco que cunden esas ciento cincuenta palabras si no se seleccionan con mucho cuidado (es decir, completamente novato tanto en la escritura como, más en concreto, en los microrrelatos) me arranqué con una escena de un abogado (Mac) y con la idea de que mis futuros microrrelatos tuvieran a Mac como protagonista. Aquel mes las palabras clave fueron “guerra”, “vida”, “derecho”, “asilo” y “frontera”. Mandé el siguiente relato, el cual no fue seleccionado por el jurado ni siquiera para ser publicado:

MAC

Después de un fin de semana como el que había pasado el abogado Inmaculado Señor (“Mac” para los demás, excepto su madre) ayudando a Patricio, su amigo y también abogado de la Cruz Roja, a gestionar sus expedientes de solicitudes de asilo para refugiados de la guerra de Siria, (horrorizándose con la lectura de sus dramas en su tierra de origen y, sobre todo, en el hacinamiento de la frontera), lo que menos necesitaba ese maldito lunes de octubre era soportar las incesantes quejas de Blas, el cliente más irritante e insatisfecho de Mac con diferencia, a pesar de las sonrisas que le prodigaba la vida; y menos aún durante las dos horas que ya se retrasaba el juicio al que estaban citados.

—Blas, ya basta. Esta gente no tiene por qué enterarse del hambre que tienes ni tú derecho a quejarse por ello —dijo Mac, que no pudo contenerse.

P.D.: Muchos errores de principiante veo meses después. Falta una idea clara y, sobre todo, falta respiración para poder leer la primera frase, que ocupa casi todo el primer párrafo.

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